Rescatando Textos (II)
Año 2010. Pequeño
pueblo perdido en medio de La Mancha, rodeado por llanuras que parecen no tener
fin. Sólo se pueden vislumbrar a lo lejos, en una montaña, un campo de molinos
de viento que generan electricidad. Juan, un hombre soltero de unos cuarenta años está sentado
en el sofá del salón de su casa. Ésta es sencilla, pero colorida, y llena de
muchísimos objetos de procedencia incierta. Juan vive solo, es soltero. Está
viendo las noticias en su pequeña pantalla de televisión. Es lo único que lo
mantiene conectado con el mundo. Todas las noticias hablan de lo mismo: crisis,
parados, mercados, bolsa, políticos. Las palabras le penetran en la cabeza.
Juan se suelta una carcajada, como si hubiera escuchado el mejor chiste de la
historia. Mira un papel que tiene encima de la mesa. Es una hoja de despido. Ya
no tiene trabajo. Se vuelve a reír, todavía más efusivamente que antes, siempre
en tono jocoso.
Cuando se
serena un poco, piensa. Se le dibuja una sonrisa en la cara. Música
extradiegética que transmite agilidad, aventura, cambio. Muy animado, apaga el
televisor y se va a su habitación. Busca entre su gran estantería repleta de libros,
pues él es un gran lector. Sabemos que busca algo, porque está seleccionando
entre muchos libros. Por fin lo encuentra. Se trata del primer volumen de “Don
Quijote de la Mancha”. Se sienta en la cama y devora el libro. No tarda mucho
en leerlo, pues ya es la cuarta vez que lo hace, como buen manchego. La música
va in crescendo mientras se suceden planos de Juan en distintas posiciones
leyendo el libro y emocionándose.
Juan ya lo ve todo más claro. Su decisión es
firme: seguir el espíritu del Ingenioso Hidalgo. Pretende implantar un nuevo
aire esperanzador en la sociedad, tan deprimida actualmente. Quiere hacer
sentir al mundo feliz. Pero debe prepararse bien. Para ello, busca ropa en su
armario y se viste con todo lo que encuentra para parecerse lo máximo posible a
Alonso Quijano. Se atasca hasta una barba postiza que halla por casa. Ensaya un
poco sus discursos delante del espejo: ¡Disfruta de la vida! ¡No te amargues! ¡No
estés triste! ¡No vale la pena hacer caso de los que nos reprimen!... Se gusta,
se siente seguro de sí mismo como nunca lo había hecho antes. Coge provisiones,
dinero, comida; no sabe cuándo regresará a casa. Por fin monta en su bicicleta (algo
más moderno que montar en caballo) y se aleja del pueblo, contento por el nuevo
rumbo que ha decidido tomar en su vida.
Llega al
pueblo vecino y pasa por un bar. Allí conoce a Santiago, un hombre bajito y
regordete, que está emborrachándose porque no encuentra salida a su vida. Está
en paro igual que Juan, y además tiene una familia que alimentar. Juan lo anima
con sus discursos y lo convence para que se vaya con él a inspirar un aire de felicidad en la gente. Total, para qué quedarse allí llorando, si se mueven dos hacen más
que uno.
Allá que
van los dos, cada uno con su bicicleta, con sus atavíos atascados, como salidos
anacrónicamente de un cuento, topando con mil y una aventuras. Juan se
autoproclama presidente del gobierno de los que no quieren crisis, y denomina a
Santiago su consejero. Él mismo crea sus propios billetes con su cara e intenta
pagar con ellos a todo el mundo e incita a la gente a que lo haga. Hasta
confunde un grupo de banqueros que almuerzan en un bar con borregos. Se enamora
de una mujer ejecutiva, porque está tan ofuscado en sus discursos sobre la crisis,
que no se da cuenta. Pero sobre todo, lo que hace es derrochar simpatía y
buenas vibraciones a la gente que lo quiere entender.
Al cabo de
mucho tiempo viajando por el mundo (bueno, hasta dónde pudo llegar con su bicicleta), decide regresar
a casa, a ver cómo va todo por allí. Todo el mundo en el pueblo lo alaba. Ahora
la vida le sonríe, porque por su actitud ha conseguido mover masas, despertar
mentes dormidas. Ha conseguido que se lleven a cabo muchas iniciativas
renovadoras. Enchufa su pequeño televisor, y en las noticias están hablando de
él. Han dejado de hablar de la crisis, para hablar de su figura. Se enorgullece
de sí mismo.
Ahora ha descubierto el increíble mundo de Internet. Se ha comprado un ordenador portátil y se ha instalado el Wifi, para enviarse tweets con todos sus nuevos amigos y programar nuevas actividades. Algunos pensarán que es un loco idealista, pero él se siente bien con lo que hace. Es feliz. Porque al mal tiempo, buena cara.
Ahora ha descubierto el increíble mundo de Internet. Se ha comprado un ordenador portátil y se ha instalado el Wifi, para enviarse tweets con todos sus nuevos amigos y programar nuevas actividades. Algunos pensarán que es un loco idealista, pero él se siente bien con lo que hace. Es feliz. Porque al mal tiempo, buena cara.
Suena la
misma música que al principio.

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